La otra crisis: Candidez progresista

            La ignorancia es muy atrevida, aunque tarde o temprano deja en evidencia a la persona incauta que descuidó su formación ética y moral. Y es que, aunque parezca mentira, los progresistas de nuevo cuño desconocen una gran verdad: todos los seres humanos estamos hechos de la misma pasta. Toda persona, sin importar su raza, sus creencias, su idioma o su militancia política, es capaz de lo mejor y también de lo peor.

            Cuando uno es sabedor de esta realidad, no reacciona tal y como lo hizo Mónica Oltra, vicepresidenta del Gobierno valenciano, que mandó cerrar de inmediato un centro privado concertado de menores, ante la sospecha de que allí los residentes estaban desatendidos. Cuando uno es consciente del horror que han cometido los suyos, los de su partido, no reacciona como el señor Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno de España, que se dedicó a despotricar contra los partidos de la oposición, cuando éstos le preguntaron sobre los casos de prostitución infantil que se han dado en centros de menores públicos, tutelados por un gobierno autonómico progresista.

            Si uno es consciente de que todos estamos hechos de la misma pasta, sabrá ser comedido en sus acusaciones y humilde cuando le toque recibirlas. Porque una persona cabal deseará que la verdad prevalezca y que las víctimas sean rescatadas de ese horror. Aunque para ello tenga que tragarse su orgullo y reconocer que sí, que también las personas progresistas son capaces de lo mejor y de lo peor.

El gozo de la verdad

 

            Hoy en día, se han sentado en la cátedra del Gobierno algunos ministros que ponen en entredicho aquella enseñanza evangélica de “haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”. Tal es el despropósito de algunos miembros del Gobierno, o quizá su ineptitud para ostentar cargo alguno, que ni debemos hacer lo que nos dicen ni tampoco lo que ellos hacen. Porque la verdad brilla por su ausencia en sus palabras y en sus obras.

            Nos dicen que hay vidas que no merecen ser vividas y pretenden aprobar una ley de eutanasia que va a provocar una angustia vital en muchos de nuestros mayores y también en los enfermos crónicos y terminales. Afirman que el Estado es el que debe decidir qué educación necesitan los menores y están dispuestos a anular este derecho primigenio que los padres tienen por ley natural y sentido común. Pretenden que los infantes, aún antes de saber leer y escribir, puedan decidir su cambio de sexo sin que sean conscientes que, de ese modo, renuncian para siempre a la maternidad o a la paternidad biológica. Aseguraron que jamás pactarían con unos o con otros, o que nunca se reunieron con determinadas personalidades venezolanas, y más pronto que tarde quedó patente la falsedad de sus palabras.

            Y lo más triste de todo no es que traten de mentir a los españoles, sino que en nada les afecte que seamos sabedores de sus patrañas. Tienen cientos de escusas para todas ellas y están preparados para acallar cualquier crítica en todo momento.

            Pero no hay que perder la esperanza, pues tarde o temprano les llegará el hartazgo propio y el de los votantes. Pues la tristeza es la fiel compañera de viaje de todos aquellos que andan en falsedad. Porque cuando vamos con la verdad por delante, cuando actuamos de forma recta, nos sentimos dichosos. Y esa alegría, ese afán por lograr la felicidad, se abrirá paso al fin, propiciada por unos, los de arriba, y por otros, el pueblo llano. Y si no, que se lo pregunten al “muro de Berlín”.

La otra crisis: Eutanasia campestre

          ¿Quién puede vivir del campo hoy en día si los gastos superan a las ganancias? Aquí, en mi pueblo, cada vez hay más campos abandonados, pues la agricultura ha dejado de ser un trabajo y se ha convertido en una mera tradición familiar. Una responsabilidad que solo pueden mantener los que, sacrificando las horas de descanso, dedican al campo sus horas libres y sus vacaciones. Una afición donde las personas ya jubiladas pasan horas y horas entretenidas, sintiéndose útiles y repartiendo entre familiares y amigos los frutos de su esfuerzo desinteresado.

            A todo esto, hay que añadir que nuestra sociedad es cada vez más hedonista y ya no está de moda eso de sacrificarse por algo sin recibir nada a cambio. Y por eso se ven campos abandonados por doquier y solo siguen en producción los que trabajan nuestros agricultores jubilados sin ningún afán económico y para el consumo propio.

            Visto este triste panorama, uno podría pensar que la revitalización del campo iba a ser uno de los primeros propósitos del nuevo Gobierno “progresista”. Pero no, pues para Sánchez y los suyos, el clamor popular de la gente del campo, y los miles de tractores que estos días recorren las calles de muchas ciudades, se debe a que la sociedad española está exigiendo la aprobación de una ley de eutanasia.

            Y con esta ley de muerte llegará la extinción de toda labor campestre. Porque primero se animará a los enfermos terminales y a los ancianos longevos a que dejen de ser una molesta carga para el Estado y para los suyos. Y como la cultura de la muerte, si le damos coba, siempre exige más y más, ocurrirá como en los Países Bajos, y se acabará con la dispensación de una pastilla a todos los mayores de setenta años que estén cansados de vivir. Sí, la sociedad acabará empujando hacia “una muerte digna” a todos aquellos que hoy aún se preocupan por regar, sembrar y cosechar nuestras tierras. Porque con la aprobación de la eutanasia no solo se acabará con la virtuosa vida de nuestros enfermos y mayores: nuestra dignidad como pueblo quedará en entredicho y conseguiremos que las futuras generaciones se avergüencen de nosotros.

¿Ideario o salario? El final de la libertad de educación.

No hay que minusvalorar jamás a nuestros políticos progresistas, pues su ingenio y sagacidad están fuera de toda duda. Son conscientes de que hoy en día, en pleno siglo XXI, no pueden actuar tal y como hizo Lenin tres la revolución del mes de octubre de 1917. Por eso han cambiado de estrategia y no se plantean la amenaza de la nacionalización forzosa, tal y como hacía Hugo Chávez en Venezuela, sino la oferta de una nacionalización subvencionada e indolora para los bolsillos de los principales afectados.

            Tal y como informa Magisnet, ya tenemos el primer caso de un centro religioso concertado que se va a sumar a la red de escuelas públicas. Y la lista de espera, una vez se apruebe la LOMLOE, va a ir en un aumento imparable. Cada vez nacen menos niños y la oferta de plazas escolares supera con creces a la demanda. Además, una vez entre en vigor la nueva ley educativa y se elimine la “demanda social” como “excusa” para mantener el concierto educativo, éste no se mantendrá en su totalidad si existen plazas libres en colegios públicos cercanos. También cada vez hay menos vocaciones religiosas que se quieran dedicar en cuerpo y alma a la digna tarea de la evangelización educativa y por eso se multiplican los centros educativos de titularidad religiosa cuyo claustro al completo, y también su equipo directivo, está formado por personas laicas con responsabilidades familiares. Y uno, cuando encima el “plato de lentejas” es para sus hijos, no se puede arriesgar lo más mínimo a perder su puesto de trabajo.

            El poder político progresista juega con esas dos variantes y es consciente de que acabará con toda la escuela concertada si asegura el puesto laboral a sus docentes. ¿Y las familias? Pues, según parece, también estarán conformes si los maestros de sus hijos siguen siendo los mismos y encima no les cuesta un duro del bolsillo. ¿Y el ideario religioso del colegio? ¡Ya lo recibirán en alguna catequesis parroquial!

            Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, este Gobierno acabará con la libertad de educación, pues la única oferta educativa para las familias será la escuela pública. Solo aquellas que sean pudientes podrán permitirse el lujo de pagar un colegio privado que considere que el ideario está por encima del salario; si algún nuevo decreto no los nacionaliza por las bravas, claro está.

La otra crisis: El poder y la metamorfosis

           Todas las personas estamos hechas de la misma pasta y da igual que nuestra tendencia política se decante hacia la izquierda, el centro o la derecha. Todo ser humano es capaz de lo mejor y también de lo peor, sin importar su afiliación política o los ideales que marcan el rumbo de su vida. Por eso, no nos debe extrañar el cambio de actitud que algunas personas experimentan ante la posibilidad de alcanzar un protagonismo político o el giro radical que dan a sus vidas cuando son investidos con algún cargo político, sindical o empresarial.

            Ahí tenemos los gravísimos casos de corrupción que salpican a los dos grandes partidos, y otros menos conocidos que afectan a las demás agrupaciones políticas y sindicales, o esos injustificables cambios de criterio a la hora de elegir una vivienda, dar un cargo ministerial a la madre de sus hijos, colocar a un miembro del legislativo al frente de la fiscalía, reformar el código penal en los casos de sedición o de priorizar la eutanasia ante el problema crucial del desempleo.

            Si somos capaces de mirar en nuestro interior, seremos sabedores de nuestra propia mezquindad y ya no nos atreveremos a juzgar a los demás. Si nosotros estuviéramos en su misma situación, si nos jugáramos el pan que alimenta a los nuestros, también seríamos capaces de extorsionar a un compañero de partido para subir más arriba en la lista y ser así elegido coordinador, concejal o diputado.

            Eso sí, que tratemos de justificar a la persona, siendo conscientes de nuestra propia debilidad, no significa que su vil acción no deba ser reprobada y sancionada según marque la ley. Obrando así, aplicando el justo castigo, estaremos ayudando a esa persona para que sea consciente de su mala acción y pueda, de este modo, rectificar y recuperar el buen rumbo que es el que nos hace verdaderamente felices.

Incultura religiosa gubernamental

Dice el Gobierno que en la próxima ley educativa la elección de la religión será voluntaria. Pues resulta que hace ya cuarenta años que la estudia solo el alumnado que así lo desea. Se ve que la inmensa mayoría de las ministras y ministros estudiaron en colegios privados religiosos, donde en su día; hoy ya no es exactamente así; se presuponía que todas las familias comulgaban con el ideario del centro y, por eso mismo, todos los discentes asistían de forma voluntaria y con agrado a las clases de religión.

            La cuestión es que, hayan o no cursado el área de religión, los miembros de este Gobierno progresista son legos en materia religiosa. No les entra en la cabeza que la imposición obligatoria de la ideología de género atente directamente contra el artículo 27.3 de nuestra Constitución, pues pone en cuestión las convicciones morales de las familias. Porque en los colegios e institutos se están impartiendo charlas de educación afectivo-sexual donde se anima a nuestros menores a buscar la excitación y el placer sexual de forma individual o en grupo; busquen y lean, si no se lo acaban de creer, la guía de educación sexual publicada por el gobierno valenciano con el nombre de “Els nostres cossos, els nostres drets”.

            Pues, aunque a algunos les parezca increíble, resulta que todavía hay familias que están convencidas de la validez de unos mandamientos que animan a no cometer actos impuros y a no consentir pensamientos ni deseos impuros, y en esa moral sexual educan a su prole. Y por eso no están dispuestas a que sus hijos reciban el mensaje contrario en su centro escolar. Y ahí seguro que están de acuerdo todos los expertos en educación, sin distinción de ideología, pues el colegio y la familia deben ir a la par por el bien psíquico y el integral desarrollo del educando.