La ota crisis: El vicio de las mascarillas

            El Ministerio de Educación no se fía de las vacunas, duda de su eficacia y deja en evidencia a la comunidad científica. A nuestras autoridades educativas les da igual que cuando empiece el próximo curso la mayoría de los docentes estén ya vacunados: todas las precauciones sanitarias y los protocolos para evitar los contagios en los centros escolares seguirán en pie. Bueno, habrá una diferencia: se amplían los cursos denominados “grupos de convivencia”, donde los pupitres y discentes ya no tendrán que guardar el preceptivo metro y medio de separación; algo que ya venía sucediendo por puro agotamiento en el transcurrir de este curso tan cansino.

            Pero no todo son malas noticias, pues por fin ha llegado un anuncio más que esperado: el uso de las mascarillas ya no será obligatorio en los espacios abiertos. De todas formas, a los valencianos se nos ha hecho de noche cuando el presidente Ximo Puig ha ratificado que no se fía un pelo de la eficacia de las vacunas. Afirma el señor Puig que no hay que bajar la guardia, que casi será mejor que utilicemos la mascarilla por las calles, solitarias o concurridas, y que sólo nos la quitemos en la playa o en la montaña; siempre y cuando se pueda mantener la distancia de seguridad, claro está. Bueno, habrá una excepción: te puedes quitar la mascarilla si te vas a fumar un cigarrillo o si te vas a comer una rosquilleta.

            Ante esta situación, a los docentes valencianos no nos queda otra que pedirle al consejero de Educación, el señor Marzá, que nos permita fumar o comer durante nuestro horario lectivo. Esto supondría un mal ejemplo para nuestro alumnado, pero seguro que saldrán ganando al contemplar nuestra perenne sonrisa.

La otra crisis: La desidia de las restricciones totalitarias

Llegó el mes de junio, la hora de la verdad para miles de estudiantes que se juegan a una sola carta su futuro académico inmediato. Quizás por eso las medidas que los tribunales toman para evitar el fraude y la copia pudieran parecer excesivas: pelo recogido para dejar visible las orejas, botellín de agua sin etiqueta alguna, sólo dos bolígrafos encima de la mesa, mochilas y bolsos bien lejos de sus dueños o prohibido el uso de esos relojes digitales denominados “smartwatch”.

            Así fue como se presentó a esa prueba selectiva: cumpliendo a rajatabla todas las indicaciones previstas por los expertos en impedir los pícaros engaños de los estudiantes que no han cumplido con su obligación. No pudo evitar ser un poco supersticiosa y se colocó en su muñeca derecha un reloj analógico de cuerda que perteneció a su querido abuelo. Cual fue su sorpresa cuando, al entrar en la sala donde se iba a realizar el examen, uno de los miembros del tribunal les dijo lo siguiente: “Por favor, nos quitamos todos los relojes, pues no vamos a estar comprobando uno a uno si son o no smartwatch”.

            Pues algo parecido está ocurriendo con el uso de las mascarillas en la vía pública. Nuestras autoridades han perdido el sentido común y obligan a todo el mundo a llevar ese antifaz aunque caminen solos por la calle, por el campo o por la montaña. Y todo porque no van a estar comprobando uno a uno si guardamos la distancia mínima para que no exista posibilidad alguna de contagio. Aquí no nos jugamos nuestro futuro académico, sino una multa que, en la mayoría de los casos, no tiene ninguna justificación. La cuestión es que cada vez son más los que se arriesgan a ser multados, pues ya se están cansando de tanta absurdez.

La otra crisis: Pánico jubilar

            Aún recuerdo a aquel maestro de Música, ya en condiciones de jubilarse de forma voluntaria al ser funcionario, que afirmaba que seguiría en activo mientras cada mañana se levantara con ganas e ilusión por ir al colegio a dar sus clases. Y lo recuerdo con admiración porque su caso es excepcional del todo.

            Los docentes funcionarios con más de treinta años de servicio pueden jubilarse de forma voluntaria al cumplir los sesenta años. Pero resulta que hoy en día una persona de esta edad, si no hay por medio alguna enfermedad, se encuentra en uno de los mejores momentos de su vida profesional. Cuenta con una extensa experiencia, una sabiduría que no está descrita en los libros y una serena madurez que resulta imprescindible para poder educar a las nuevas generaciones de alumnos y de familias. Y lo más curioso del asunto es que ellos, los docentes que deciden acogerse a esa jubilación voluntaria, son sabedores de esta realidad. Por eso no se quedan tranquilos con la razón que suelen dar para tomar esta decisión: hay que dejar paso a la gente joven. Y todo porque los docentes noveles necesitan a su lado a maestros veteranos que les orienten y les sirvan de ejemplo a seguir.

            Y ahí entra la segunda razón que se da para justificar el adelantar la jubilación, quizá la más cierta, y es que pocos quieren correr el riesgo de continuar algún año más como docentes por si, visto cómo está el fondo de pensiones, la Administración decide retirar esa medida de un día para otro. Entonces ya no les quedaría otro remedio que seguir en activo hasta que les llegara la edad de jubilación forzosa.

            Es cuestión de tiempo que la edad de jubilación se acerque para todos los trabajadores a la franja de los setenta años. La esperanza de vida sigue aumentando, la natalidad sigue disminuyendo y también tenemos a una multitud de personas que acceden de forma tardía al mundo laboral y repletos de ilusión por hacer rendir sus talentos durante el mayor tiempo posible.

La otra crisis: La vacuna económica

            Un comité de expertos y sabios se ha reunido para planificar el próximo curso escolar y, tras mucho deliberar, han llegado a la siguiente conclusión: todo va a seguir igual, incluidos los grupos burbuja. Bueno, todo menos la distancia de seguridad, que pasará del metro y medio actual al metro y veinte centímetros. Las mesas dentro de las aulas se acercarán un palmo más unas a otras. ¡Qué maravilla más maravillosa!

            Más de uno se preguntará si alguien de ese grupo de expertos ha pisado una sola escuela durante el presente curso escolar. La respuesta es irrelevante, pues esa medida estrella para el próximo curso sólo tiene una explicación: las restricciones económicas. A los docentes y a los discentes les da la risa cuando oyen eso de reducir treinta centímetros la distancia entre pupitres, pero nuestros políticos, muy serios ellos, sí que han calculado el número de desdobles de aula que ya no van a hacer falta gracias a esta simple medida métrica y el ahorro que esto va a suponer para las mermadas arcas públicas.

            Las mascarillas también harán acto de presencia en los centros escolares el próximo curso y eso que en algunas comunidades autónomas suponen un gasto extraordinario al dispensarlas de forma gratuita a todos los docentes. Y otra vez nos preguntamos si alguno de estos sabios ha visitado un colegio a lo largo de este curso que ya termina. Resulta que el desgaste psicológico es constante, sobretodo para esos maestros de los primeros cursos de Primaria que han de estar cada minuto del día encima de sus alumnos para que se pongan bien la dichosa mascarilla. ¿Para qué se han vacunado los docentes si todo va a seguir igual? ¿Cómo es posible que la única diferencia entre un curso sin vacunación y otro con la vacuna puesta sea esos treinta centímetros de distancia entre pupitres? ¿Para esto tanta insistencia en eso de que es preciso vacunarse porque se salvan vidas?

            Alguno dirá que menos mal que se mantienen los grupos burbuja. Sí, aunque aquí también manda la economía. Y si no que se lo digan a esos pequeños centros escolares que, por indicaciones del inspector de turno, han despedido a unos cuantos monitores de comedor porque no daban los números. Y así, por reducir los gastos, esos grupos burbuja se han disuelto dentro de los comedores escolares y en las actividades extraescolares. Pero que no cunda el pánico… ¡los docentes y los monitores están ya vacunados!

La otra crisis: Lenguaje exclusivo

           Parece ser que en los colegios franceses van a restringir el uso del lenguaje inclusivo, el que hace referencia en todo momento a hombres y mujeres, para facilitar la expresión escrita y oral a su alumnado. Se trata sobretodo de eliminar esas barras y puntos que se suelen utilizar para que quede constancia de que nos estamos refiriendo a ambos géneros y que tanto dificultan la lectura y la escritura. Aún recuerdo aquella reunión docente para modificar un documento interno y la lectura de uno de sus artículos: “Los/las alumnos/as cuyos padres/madres o tutores/as legales pidan una entrevista con los/las maestros/as de sus hijos/as (…)”. Cuando terminé de leerlo nos miramos todos y sobrevino un incómodo silencio. Ninguno de los presentes se había enterado de qué iba el artículo en cuestión y así ocurrió con casi todo el documento. Fue un mero trámite donde no se modificó ni una sola coma del texto original. Y si esto les pasa a personas adultas con formación universitaria, mucho más a los niños que están aprendiendo a leer y a escribir.

            La Real Academia Española nos indica que el masculino puede utilizarse como género no marcado e incluir de esta forma al género femenino. También nos habla de la “economía del lenguaje” y de la necesidad de evitar interferencias a la hora de leer y de escribir. A esta necesidad se refieren muchos escritores en la introducción de sus libros para justificar el no desdoble del género en sus obras. También los políticos, por muy progresistas que sean, se adhieren a esta norma de la RAE cuando quieren transmitir con claridad ante su audiencia una idea que consideran importante.

            Tampoco podemos obviar que el lenguaje inclusivo sólo desdobla al conjunto de alumnos que ocupan una clase: pasamos de un “buenos días” generalizado a un “buenos días, chicos” y un “buenos días, chicas”. Pero ahí siguen los niños, ninguneados dentro de la masa de alumnos, y ahí siguen las niñas, innominadas dentro del conjunto de alumnas. Por eso, dejemos a un lado el lenguaje inclusivo y pasemos a utilizar el lenguaje exclusivo, pues todos nuestros alumnos se merecen un trato personalizado y que el maestro se dirija a cada uno de ellos por su nombre y mirándolos a los ojos. Así, de ese modo, lograremos crear el vínculo de afecto que activará la motivación que necesitan para dar lo mejor de sí mismos.

La otra crisis: Educación no mixta

            Algemesí es una ciudad singular, cuna de las llamadas “torres humanas”, a las que allí denominan “muixerangues” y en Cataluña “castellers”, que son un reclamo único en las fiestas en honor a la “Mare de Déu de la Salut”. Esta fiesta fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en el año 2011.

            Pues resulta que en Algemesí existen dos agrupaciones “muixerangueres”: una “conservadora”, que pertenece al Patronato de la Fiesta de la “Mare de Déu”, y otra “progresista”, que decidió en su día ir por libre y participar en todo tipo de eventos y no sólo en las procesiones en honor a la Patrona del pueblo. En esta última, denominada “Nova Muixeranga d’Algemesí”, se acaba de crear una comisión “sólo de mujeres”, pues quieren disponer de un espacio donde no se vean influenciadas por los puntos de vista masculinos. Y están en todo su derecho a hacerlo, aunque también deberían estar dispuestas a que se tilde a esta comisión, al igual que hacen con algunos centros educativos, de una agrupación “segregadora”.

            Dicen que “más vale prevenir que curar” y por eso las mujeres que pertenecen a esta comisión se han adelantado a los acontecimientos y la han denominado como “no mixta”. Han huido de la denominación que usan los colegios que, según algunos, segregan a su alumnado y se autodefinen como centros educativos de educación diferenciada. Ni se les ha pasado por la cabeza que su comisión “sólo de mujeres” sea una comisión diferenciada y, muchísimo menos, que es una comisión que segrega, que margina, a los hombres. Están en todo su derecho, al igual que los padres lo tienen para elegir una “educación no mixta” para sus hijos.