La otra crisis: El poder y la metamorfosis

           Todas las personas estamos hechas de la misma pasta y da igual que nuestra tendencia política se decante hacia la izquierda, el centro o la derecha. Todo ser humano es capaz de lo mejor y también de lo peor, sin importar su afiliación política o los ideales que marcan el rumbo de su vida. Por eso, no nos debe extrañar el cambio de actitud que algunas personas experimentan ante la posibilidad de alcanzar un protagonismo político o el giro radical que dan a sus vidas cuando son investidos con algún cargo político, sindical o empresarial.

            Ahí tenemos los gravísimos casos de corrupción que salpican a los dos grandes partidos, y otros menos conocidos que afectan a las demás agrupaciones políticas y sindicales, o esos injustificables cambios de criterio a la hora de elegir una vivienda, dar un cargo ministerial a la madre de sus hijos, colocar a un miembro del legislativo al frente de la fiscalía, reformar el código penal en los casos de sedición o de priorizar la eutanasia ante el problema crucial del desempleo.

            Si somos capaces de mirar en nuestro interior, seremos sabedores de nuestra propia mezquindad y ya no nos atreveremos a juzgar a los demás. Si nosotros estuviéramos en su misma situación, si nos jugáramos el pan que alimenta a los nuestros, también seríamos capaces de extorsionar a un compañero de partido para subir más arriba en la lista y ser así elegido coordinador, concejal o diputado.

            Eso sí, que tratemos de justificar a la persona, siendo conscientes de nuestra propia debilidad, no significa que su vil acción no deba ser reprobada y sancionada según marque la ley. Obrando así, aplicando el justo castigo, estaremos ayudando a esa persona para que sea consciente de su mala acción y pueda, de este modo, rectificar y recuperar el buen rumbo que es el que nos hace verdaderamente felices.

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