El gozo de la verdad

El gozo de la verdad

 

            Hoy en día, se han sentado en la cátedra del Gobierno algunos ministros que ponen en entredicho aquella enseñanza evangélica de “haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”. Tal es el despropósito de algunos miembros del Gobierno, o quizá su ineptitud para ostentar cargo alguno, que ni debemos hacer lo que nos dicen ni tampoco lo que ellos hacen. Porque la verdad brilla por su ausencia en sus palabras y en sus obras.

            Nos dicen que hay vidas que no merecen ser vividas y pretenden aprobar una ley de eutanasia que va a provocar una angustia vital en muchos de nuestros mayores y también en los enfermos crónicos y terminales. Afirman que el Estado es el que debe decidir qué educación necesitan los menores y están dispuestos a anular este derecho primigenio que los padres tienen por ley natural y sentido común. Pretenden que los infantes, aún antes de saber leer y escribir, puedan decidir su cambio de sexo sin que sean conscientes que, de ese modo, renuncian para siempre a la maternidad o a la paternidad biológica. Aseguraron que jamás pactarían con unos o con otros, o que nunca se reunieron con determinadas personalidades venezolanas, y más pronto que tarde quedó patente la falsedad de sus palabras.

            Y lo más triste de todo no es que traten de mentir a los españoles, sino que en nada les afecte que seamos sabedores de sus patrañas. Tienen cientos de escusas para todas ellas y están preparados para acallar cualquier crítica en todo momento.

            Pero no hay que perder la esperanza, pues tarde o temprano les llegará el hartazgo propio y el de los votantes. Pues la tristeza es la fiel compañera de viaje de todos aquellos que andan en falsedad. Porque cuando vamos con la verdad por delante, cuando actuamos de forma recta, nos sentimos dichosos. Y esa alegría, ese afán por lograr la felicidad, se abrirá paso al fin, propiciada por unos, los de arriba, y por otros, el pueblo llano. Y si no, que se lo pregunten al “muro de Berlín”.

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