La otra crisis: El ser o no ser del reciclaje en la escuela

            Esta terrible pandemia nos ha trastocado la vida quizá ya para siempre. Dicen que poco a poco iremos volviendo a la normalidad, pero la realidad del día a día nos hace ver que algunas cosas ya no volverán a ser igual. Y es que en algunos centros educativos el reciclaje se ha transformado en una lamentable pantomima.

            No son pocas las personas que se quejan del negocio redondo que resulta para algunos eso de reciclar papeles, plásticos, vidrios y demás. Porque somos nosotros los que pagamos los recipientes, envases y bolsas cuando compramos en un establecimiento, los que nos preocupamos de separar el papel, el plástico, el cristal o lo orgánico y llevarlo a su correspondiente contenedor, y los que volvemos a pagar cuando nos llega el recibo del organismo correspondiente. Ése que se encarga, según parece, de darle una nueva vida al material reciclado que nosotros les hemos facilitado. Pagamos dos veces de nuestro bolsillo todo ese tinglado del reciclado y dedicamos un tiempo precioso, que no se paga con dinero, en clasificar y transportar ese material, con la sola y altruista esperanza de aportar nuestro granito de arena en esa batalla mundial por frenar las terribles consecuencias del imparable cambio climático. Pues esa esperanza ecológica, en parte por culpa de esta pandemia, se ha disipado en algunos colegios.

            Dicen que “del dicho al hecho hay un buen trecho” y más todavía en lo referente al reciclaje. Las malas lenguas afirman que los camiones que recorren las calles en busca de los contenedores de reciclaje no hacen distinción de productos y los vacían todos juntos y revueltos. Pues algo parecido ocurre en algunas escuelas. Resulta que por culpa del virus dichoso el personal de limpieza ha de desinfectar las aulas, pasillos, wáteres, despachos… varias veces al día. Y claro, nos les da la vida, ni el sueldo, para ir separando los plásticos, los papeles y lo orgánico y después llevarlo todo a sus respectivos contenedores. Eso sí, “el dicho” permanece intacto, pues en cada una de las aulas permanecen impasibles los recipientes de color azul, amarillo y marrón, para que los maestros puedan seguir insistiendo en lo terrible que es el cambio climático y lo necesario que resulta eso del reciclar. Y los alumnos, muy concienciados ellos, se esmeran en un “hecho” que no les sirve para que “sean” de verdad ciudadanos comprometidos con el medio ambiente. A ver si este virus pasa pronto, la limpieza de los centros escolares se realiza una vez al día y eso del reciclaje deja de ser un puro y penoso teatro.

La otra crisis: Un código penal que condena a la vida

          El que fuera vicepresidente del Gobierno de Felipe González, el señor Alfonso Guerra, pasará a la historia por aquella mítica frase pronunciada cuando salieron victoriosos en las urnas y que ya ha superado todas las expectativas del progresismo más extremo: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Tanto es así que el actual Gobierno, el que preside el señor Sánchez, se ha atrevido a legislar para que los españoles acaten que el bien es condenable y el mal defendible, que la verdad no existe y que la falsedad se ha de convertir en ley. ¿El mundo al revés y aquí no pasa nada?

            Todo aborto es un auténtico drama, ya sea espontáneo o provocado, y nuestras autoridades políticas progresistas, en vez de buscar una alternativa que vaya de la mano de lo que la naturaleza ha predispuesto, se empeñan en que las mujeres se enfrenten de por vida a la pérdida de un hijo e impiden, pronto será por ley, que puedan conocer una salida digna para ellas y para los hijos que han concebido. ¡Menudo ecologismo y animalismo de pacotilla el de este Gobierno que se autoproclama progresista, feminista, naturalista y muchos más “-ista” y legisla a favor de la muerte!

            España sufre un terrible invierno demográfico y un gobierno con dos dedos de frente haría lo imposible por incrementar el índice de natalidad. Tanto es así que legislaría justo lo contrario de lo que pretende Sánchez y los suyos. Por ley, y por sentido común, establecería que toda mujer que desee abortar conozca antes otras alternativas que sí que respeten su femineidad y al hijo que llevan en sus entrañas. Un gobierno que de verdad fuera animalista, y pensara en el futuro de su país, utilizaría todos los medios que tuviera a su alcance para conseguir que no se perdiera ni una sola vida humana. Y sí, hasta establecería la obligación de que toda mujer se hiciera una ecografía antes de tomar la decisión de abortar, para que fuera consciente de que lo que hay en su seno no es un órgano más de su cuerpo, sino un nuevo ser con su propio código genético y dispuesto, en un futuro a nueve meses vista, a aportar su granito de arena en pos del verdadero progreso de la humanidad.

La otra crisis: El desprecio progresista por la vida

            La nueva ley de Educación, la llamada Lomloe, da prioridad a la educación pública sobre la privada y elimina el concepto de “demanda social” que atendía a la libertad de elección de los padres. A partir de ahora, si se aplica a rajatabla la ley, solo se concertarán las unidades escolares que hagan falta tras completar la ratio en las clases de los centros públicos. Y todo porque la oferta de plazas escolares supera con creces a la demanda y el cierre definitivo por falta de alumnado se cierne sobre muchos colegios públicos. Una demanda que cada vez es menor por culpa de la baja natalidad, pues estamos sumidos en un invierno demográfico que ya parece perenne.

            Otra gran preocupación, que debería quitar el sueño a nuestros gobernantes desde la época de Zapatero, es saber cómo se van a pagar las pensiones de la generación del “baby boom”. Y todo porque llegará el día en que habrá más pensionistas que cotizantes. Y esto es así por culpa del ya mencionado invierno demográfico.

            ¿Y qué está haciendo nuestro Gobierno progresista para que tras este largo invierno llegue por fin la primavera? Pues apostar por la defensa de la vida de perros y gatos y demás animales domésticos y ampliar los plazos para abortar a los seres humanos sin tener que alegar motivo alguno.

            Este pasado año se realizaron en España más de ochenta mil abortos. Por culpa de esta ley inmoral, y solo con los datos de 2020 en la mano, van a quedar vacías más de cuatro mil aulas y más de cinco mil maestros no van a empezar a cotizar a la Seguridad Social. Por eso, la primera medida que debería adoptar este Gobierno, si de verdad le importa proteger la educación pública y el pago de las pensiones, sería la de derogar la ley del aborto. Todo lo demás son palabras huecas, falacias ideológicas y obras estériles.

La otra crisis: El sinsentido de un golpe inútil

            La historia nos recuerda la heroicidad de algunas personas que ofrecieron su vida por defender la libertad y la dignidad de sus semejantes, por no renegar de su fe y mantenerse fieles a sus creencias. Y quizá esa misma fama y recuerdo histórico son la oculta pretensión de los líderes políticos separatistas catalanes que trataron de independizarse de España hace ya unos pocos años. Desde aquel fatídico día, ese en que autoproclamaron la ficticia república catalana, han sufrido persecución policial y años de cárcel o han tenido que huir al extranjero, separarse de sus seres queridos y guarecerse tal cual criminales con la asfixiante intranquilidad de ser detenidos en cualquier momento. Tal y como se decía en una famosa serie de televisión de los años ochenta, “la fama cuesta y es aquí donde vais a empezar a pagar”.

            Y mientras estos golpistas aspirantes a héroes siguen padeciendo lo indecible por su deseo incombustible de vivir en una república independiente, la ciudadanía catalana continúa disfrutando de su vida en libertad, la mayoría hace lo que le da la real gana, pues vive en un país democrático donde se suelen respetar los derechos humanos y el sentido común. Paradojas de la vida, esa libertad es recortada hoy en día por los partidos independentistas separatistas que gobiernan en la Comunidad Autónoma de Cataluña. Una libertad que desaparecería del todo, y más aún para aquellas personas de mente abierta, el día en que se proclamara, tras un nuevo golpe, esa supuesta e imposible república de los países catalanes.

La otra crisis: La vergüenza de ser español

    Nuestro Gobierno, que se cree progresista, presume de “memoria histórica y democrática”, aunque más bien tendríamos que decir que adolece de una “memoria selectiva y sectaria”. Y es que algunas de sus leyes “estrella” ya fueron aprobadas por un tal Hitler en la década de los años treinta del pasado siglo.
    Fue Zapatero el que convirtió el aborto en un derecho y lo liberalizó del todo hasta la semana 14, pues hizo prevalecer la autodeterminación individual de la madre sobre el derecho a la vida del no nacido. Ni Hitler se permitió semejante barbaridad… siempre y cuando la mujer gestante fuera de raza aria, claro está. La Alemania nazi no se podía permitir el lujo de perder a uno de los suyos, pues el sometimiento mundial al Tercer Reich se iba a prolongar durante mil años o más y todos los arios, cada uno de ellos y solo ellos, eran más que necesarios.
    Y llegó el presidente Sánchez y su ley de eutanasia. Una ley que, al igual que ocurría en la Alemania nazi, nos deja entrever que existen vidas indignas de ser vividas. Los miembros de nuestro Gobierno no son conscientes de una cosa: si consentimos en la idea de que alguna vida humana es indigna de ser vivida, estamos afirmando de forma implícita que toda vida humana puede ser considerada indigna tarde o temprano. Esta ley de eutanasia es pavorosa, pues equipara a los médicos españoles, la legislación les impedirá ser objetores de conciencia, con los verdugos sanitarios de los campos de exterminio nazi.
    Señor Sánchez, ya se puede retirar tranquilo, pues su persona ya ha pasado a la historia de este país. Será siempre mal recordado como el continuador de la cultura de la muerte que se instauró en el año 1985, cuando el presidente González decidió despenalizar el aborto en algunos supuestos.

La otra crisis: Adiós a la vida perra

           Aún recuerdo a ese compañero de colegio que no soñaba con carrera universitaria alguna, sino que anhelaba convertirse en uno de los canes del rey. “¿Tú sabes la vida que se pegan? Todo el día se lo pasan echados junto a una chimenea y comiendo y bebiendo a su antojo. ¡Eso sí que es vida!”  – les decía a sus incrédulos compadres mientras saboreaba una hamburguesa un viernes de Cuaresma cualquiera.

            Pues ahora va y resulta que esa realidad monárquica paradisiaca canina se ha democratizado gracias a nuestro Gobierno progresista y alcanzará a todas las perras y a todos los perros sin distinción de raza, condición social o ideología. Por eso, a partir de ahora, cuando alguien desee expresar su desasosiego por llevar una vida miserable y asquerosa ya no podrá decir aquello de padecer “una vida perra”, sino que más bien tendrá que decir que sufre “una vida humana”. Y es que la vida de los seres humanos, si la comparamos con la de los perros y la de las perras, está infravalorada, menoscabada y despreciada por esas leyes progresistas que han convertido en un derecho inhumano, que no canino, el aborto y el suicidio. Ver para creer y para repensar nuestra opción política en las próximas elecciones autonómicas y generales. ¿No creen?

La otra crisis: Revolución sexual matemática

            Nuestro Gobierno progresista no quiere saber nada sobre el “sexo de los ángeles”; parece ser que no son muy creyentes. Eso sí, ahora les ha dado por darle un enfoque sexual y emocional, de género lo denominan, a las matemáticas escolares.

            Sin ningún género de dudas, nunca mejor dicho, la persona elegida para poner en marcha esta revolución matemática sexual será la flamante ministra Irene Montero, especialista en desdoblar por partida triple el género de las palabras. Los términos “suma”, “resta”, “división” o “multiplicación” no corren peligro alguno de transformación, pues los acompañan los artículos femeninos “la” y “una”. Donde la ministra Montero tendrá que poner toda su capacidad creadora a trabajar será, por ejemplo, en la reformulación nominal de las figuras geométricas: “la círcula”, “la cuadrada”, “la triángula”, “la romba”…

            Menos mal que la señora Montero está de vacaciones y, además, recibe ayuda externa para criar a su extensa prole, pues le va a faltar tiempo para repasar el currículo del área de matemáticas de todos los niveles educativos, de Infantil a Bachillerato, pasando por la Primaria y la Secundaria. Y si no, que contrate a alguna asesora más. Y es que donde comen treinta, comen cuarenta y dos… ¡Faltaría menos!

La otra crisis: La escuela del desconcierto

            Afirma la ministra de Educación, la señora Celaá, que no hace falta memorizar la tabla periódica, sino que lo importante es saber, por ejemplo, qué se puede hacer con el hidrógeno y de qué forma se puede combinar con otros elementos. Y uno se pregunta cómo voy a saber en qué consiste el hidrógeno y sus características si no tengo conocimiento de su existencia. ¿Es posible realizar una práctica de laboratorio sin disponer de conocimientos previos? ¿Acaso cree la ministra que los alumnos españoles, gracias a la LOMLOE, van a disfrutar de ciencia infusa?

            De todos modos, en la escuela española del siglo XXI poco importa ya la tabla periódica o las reglas gramaticales. Y si no que se lo digan a otra de las ministras del Gobierno, a la señora Irene Montero, que se inventa las palabras a su antojo y arremete contra los académicos que osan contradecir alguna de sus penosas ocurrencias. Y si no que se lo digan a ese profesor que se atrevió a decir una gran verdad, que el sexo está determinado por un par de cromosomas sexuales, el denominado XY para los hombres y el XX para las mujeres, y que ha sido vilipendiado injustamente por la dictadura sectaria de la ignorancia.

            Los progresistas de nuevo cuño defienden que la verdad objetiva no existe y que cada uno tiene su verdad, siempre respetable si sigue los parámetros de lo políticamente correcto, que va pareja a sus apetencias y deseos afectivos. Entonces, si la verdad no existe, si cada uno tiene su verdad, si la opinión de un alumno vale igual o más que la de un catedrático de universidad, ¿se puede saber qué es lo que se está enseñando en nuestras escuelas? ¿Verdades que se contradicen o una única verdad totalitaria que nada tiene que ver con la realidad y sí con las ocurrencias sentimentales de algunos? Porque si la verdad objetiva no existe, los centros educativos no tienen ninguna razón de ser. Porque si en un instituto o en una universidad no se pueden discutir en libertad las opiniones que no tienen base científica y defender las que sí la tienen, más nos valdría quedarnos todos en casa a aprender de lo lindo viendo esas tertulias televisivas repletas de sentimentalismo barato.

La ota crisis: El vicio de las mascarillas

            El Ministerio de Educación no se fía de las vacunas, duda de su eficacia y deja en evidencia a la comunidad científica. A nuestras autoridades educativas les da igual que cuando empiece el próximo curso la mayoría de los docentes estén ya vacunados: todas las precauciones sanitarias y los protocolos para evitar los contagios en los centros escolares seguirán en pie. Bueno, habrá una diferencia: se amplían los cursos denominados “grupos de convivencia”, donde los pupitres y discentes ya no tendrán que guardar el preceptivo metro y medio de separación; algo que ya venía sucediendo por puro agotamiento en el transcurrir de este curso tan cansino.

            Pero no todo son malas noticias, pues por fin ha llegado un anuncio más que esperado: el uso de las mascarillas ya no será obligatorio en los espacios abiertos. De todas formas, a los valencianos se nos ha hecho de noche cuando el presidente Ximo Puig ha ratificado que no se fía un pelo de la eficacia de las vacunas. Afirma el señor Puig que no hay que bajar la guardia, que casi será mejor que utilicemos la mascarilla por las calles, solitarias o concurridas, y que sólo nos la quitemos en la playa o en la montaña; siempre y cuando se pueda mantener la distancia de seguridad, claro está. Bueno, habrá una excepción: te puedes quitar la mascarilla si te vas a fumar un cigarrillo o si te vas a comer una rosquilleta.

            Ante esta situación, a los docentes valencianos no nos queda otra que pedirle al consejero de Educación, el señor Marzá, que nos permita fumar o comer durante nuestro horario lectivo. Esto supondría un mal ejemplo para nuestro alumnado, pero seguro que saldrán ganando al contemplar nuestra perenne sonrisa.

La otra crisis: La desidia de las restricciones totalitarias

Llegó el mes de junio, la hora de la verdad para miles de estudiantes que se juegan a una sola carta su futuro académico inmediato. Quizás por eso las medidas que los tribunales toman para evitar el fraude y la copia pudieran parecer excesivas: pelo recogido para dejar visible las orejas, botellín de agua sin etiqueta alguna, sólo dos bolígrafos encima de la mesa, mochilas y bolsos bien lejos de sus dueños o prohibido el uso de esos relojes digitales denominados “smartwatch”.

            Así fue como se presentó a esa prueba selectiva: cumpliendo a rajatabla todas las indicaciones previstas por los expertos en impedir los pícaros engaños de los estudiantes que no han cumplido con su obligación. No pudo evitar ser un poco supersticiosa y se colocó en su muñeca derecha un reloj analógico de cuerda que perteneció a su querido abuelo. Cual fue su sorpresa cuando, al entrar en la sala donde se iba a realizar el examen, uno de los miembros del tribunal les dijo lo siguiente: “Por favor, nos quitamos todos los relojes, pues no vamos a estar comprobando uno a uno si son o no smartwatch”.

            Pues algo parecido está ocurriendo con el uso de las mascarillas en la vía pública. Nuestras autoridades han perdido el sentido común y obligan a todo el mundo a llevar ese antifaz aunque caminen solos por la calle, por el campo o por la montaña. Y todo porque no van a estar comprobando uno a uno si guardamos la distancia mínima para que no exista posibilidad alguna de contagio. Aquí no nos jugamos nuestro futuro académico, sino una multa que, en la mayoría de los casos, no tiene ninguna justificación. La cuestión es que cada vez son más los que se arriesgan a ser multados, pues ya se están cansando de tanta absurdez.