La otra crisis: un feminismo de pacotilla

            Nuestro Gobierno progresista anda muy preocupado porque el porcentaje de mujeres que se decanta por carreras universitarias del ámbito científico no acaba de aumentar de forma significativa. Nada ha cambiado en estos años en que los socialistas y sus socios han aprobado su ley educativa y han tratado de imponer ciertas tendencias sorprendentes, como esa sugerencia para que los docentes impartan las matemáticas con perspectiva de género.

            Para algunas feministas no hay duda de que la culpa de esta desafección científica de las niñas la tiene esta sociedad patriarcal que oprime a las mujeres y las condena a dedicarse al cuidado de su prole y, si se diera el caso, a estudiar únicamente los grados de Magisterio, Enfermería o Educación social. Tanto es así que en algunos grupos de la especialidad de Educación Infantil el 100% de las personas matriculadas son chicas. Unas mujeres nacidas en pleno siglo XXI que, muy a su pesar y quizás bajo coacción, siguen sin poder ejercer un empoderamiento efectivo, pues también han sido influenciadas por esa ola machista que arrasa con la igualdad académica desde tiempo inmemorial. Porque es más que evidente que los hombres y las mujeres son iguales corporal y psicológicamente hablando… ¡faltaría menos!

            Este Gobierno feminista no podía quedarse de brazos cruzados ante semejante y cruda realidad, y por eso ha decidido retirar los conciertos económicos a esos colegios femeninos que tratan de inculcar en sus alumnas una formación científica y un liderazgo que en otros centros mixtos quedan eclipsados por la presencia de varones, siempre osados e irrespetuosos.

            Ya sin ironías, parece mentira que los progresistas de nuevo cuño consideren que los colegios femeninos son un privilegio que sólo las familias pudientes se pueden permitir. Cuando la realidad es que en ellos se fomenta el empoderamiento de las chicas, se profundiza en su formación científica y se les permite centrarse en sus estudios al encontrarse en un espacio seguro sin distractores ni pretendientes. De hecho, desde el año 1996, existen en los Estados Unidos escuelas públicas sólo para chicas. Por algo será.

La otra crisis: Presi… ¡no te vayas todavía!

            Dicen que la ironía no se aprecia cuando la utiliza un locutor de radio y no sabemos si eso mismo ocurrirá cuando un ciudadano anónimo escriba una parrafada para suplicar la continuidad de su presidente, el señor Pedro Sánchez.

            La cuestión es que la carta de despedida, o quizás de permanencia perenne, del presidente del Gobierno les ha pillado a todos por sorpresa. El pasmo progresista es infinito, pues el muro ideológico está a medio construir y algún desalmado derechista se lo podría saltar si en las próximas elecciones cogiera algo del impulso que da el sentido común. Sólo por eso, o por mucho más, el presidente debería persistir en su encomiable tarea de transformar España destruyendo sus ancestrales cimientos cristianos.

            Pero hay una razón que se eleva por encima de todas y que por sí misma debería afianzar la continuidad del señor Sánchez: ¡aún no se ha estrenado su película autobiográfica! Los españoles no se pueden privar de esa idílica visión, con total seguridad, digna de ser presentada para conseguir el galardón de la mejor película, de habla inglesa, por supuesto, de los próximos Oscar de la Academia del Cine. Aunque también es cierto que esa película sobre la vida cotidiana del presidente va a ser la primera de muchas y que tiempo habrá para ir presentándolas a los diferentes certámenes cinematográficos del panorama internacional.

            Este lunes se desvelará el misterio nada misterioso: Pedro Sánchez seguirá como presidente y su película tendrá por fin su fecha de estreno.

La otra crisis: cachondeo de género

           Un día más se levantó de la cama con una seria indisposición intestinal, pero no había otra y tenía que coger el coche para ir a trabajar. El trayecto se le hizo eterno y durante el último tramo, el que hacía a pie desde el aparcamiento hasta su lugar de trabajo, sudó lo que no está escrito. Llegó a la puerta del wáter en tiempo de descuento y se la encontró cerrada. Por eso no le quedó otra que gritar a los cuatro vientos un “¡cambio de género!” y entrar a toda prisa en el aseo de las señoras.

            Unos cambian de género para poder aliviarse en condiciones y no tener que volver a casa para cambiarse de ropa, otros para ganar un jamón en una carrera femenina, algunos más para ascender en el escalafón o para cambiar de destino profesional, los más desaprensivos para disfrutar de una condena penitenciaria con buenas vistas o para conseguir una sentencia atenuada tras ser detenido por agredir a una mujer, unos pocos para batir todos los récords habidos y por haber o para colgarse una medalla inmerecida.

            Más de uno dirá que todo esto es un disparate y que no hay por dónde coger esa “ley trans” de nuestro progresista Gobierno. Pues toda su indignación se queda corta cuando hablamos de infantes a los que se les consiente “cambiar de género” porque sí, sin tener en cuenta su inmadurez física y psicológica, su fantasía desbordante o el deseo de ser amados que anida en su corazón.

            Y ahí tenemos a esas familias, a esos equipos directivos y de orientación, y a todo un claustro de maestros plegados a las ocurrencias de un chiquillo de seis años que desea ser un hada madrina. Y, dejando a un lado el sentido común y las evidencias científicas, activarán un protocolo que obligará a los miembros de la comunidad educativa de ese centro escolar a tragar con ruedas de molino y les impedirá llamar a las cosas por su indiscutible nombre. ¿Cómo es posible que gente con formación cierre sus ojos al entendimiento y a la verdad y se deje llevar por una corriente ideológica sin retorno? Como diría mi abuela, “pero ¿estamos locos o qué?”. O más bien tendríamos que decir que estamos sometidos por el pensamiento único y sobrados de cobardía y de tibieza.

La otra crisis: prioridades educativas bajo el prisma de la fe

           Un sacerdote, capellán universitario, decía que lo más valioso de su universidad, el único tesoro, era el sagrario: la presencia real de Jesucristo sacramentado en medio del campus. De ahí que se entienda la respuesta que dio un alumno aspirante cuando le preguntaron la razón de querer estudiar en esa universidad: “porque aquí hay un sagrario y está el Señor presente”.

            Un religioso, director de un colegio, comentó a un grupo de alumnos durante una celebración en la capilla que a él no lo verían mucho por allí. De ahí que se entienda la contestación que dio un padre cuando le preguntaron por qué quería matricular allí a su hijo: “porque este colegio tiene unas instalaciones magníficas”.

            Tras el confinamiento, cuando la vida escolar estaba atenazada por innumerables normas de prevención y de higiene, en algunos centros religiosos se optó por utilizar su capilla como si fuera un aula más. Y ahora, casi cuatro años después, esa misma capilla permanece desierta la mayor parte del día y la vida sacramental es casi inexistente. Otros centros, en cambio, ni se plantearon tal posibilidad, pues eran conscientes de la suerte que tenían de poder acudir al sagrario diariamente para orar por tantas y tantas necesidades. Y ahora, años después, el paso por la capilla y la celebración de sacramentos es una constante ordinaria para muchas de las personas que conforman esas comunidades educativas.

La otra crisis: una apostasía a tiempo parcial

            La entrevista de trabajo transcurrió en un ambiente distendido y hasta simpático, pues la candidata contaba con la titulación y la experiencia requeridas, y además se trataba de una persona extrovertida, afable y divertida. Tanto es así que los entrevistadores no tuvieron ninguna duda de que su perfil era el que buscaban y que esta aspirante era la persona idónea para cubrir la vacante que el centro ofertaba.

            Y eso que ella fue un poco temerosa a esa entrevista, pues no las tenía todas consigo. Hacía unas semanas que había apostatado de su fe católica y era sabedora del ideario cristiano que impregnaba la vida de aquel colegio. Pero durante la conversación no le preguntaron por su vida de piedad ni por sus creencias. Algo se dijo de respetar el ideario del centro y, ya con el tiempo, hasta de compartirlo y transmitirlo a los alumnos y a sus familias. Por eso no necesitó echar mano de alguna “mentira piadosa” para salir del paso ante alguna posible pregunta comprometedora.

            Se incorporó al claustro con una ilusión desbordante y decidida a dar lo mejor de sí misma. Y así se pudo corroborar con el tiempo, pues participaba en las celebraciones religiosas con una piedad digna de una persona creyente, y hasta les hablaba de rezar y de tener vida sacramental a sus tutorados.

            Eso sí, cuando sonaba la sirena a las cinco de la tarde y salía por la puerta del colegio se olvidaba, casi sin darse cuenta, de aquel ideario tan maravilloso. Un ideario que retomaría a las nueve de la mañana del día siguiente, cuando volviese a entrar por el portón de ese estupendo colegio que la había aceptado tal cual era, aunque sin saberlo.

            Seguro que con el tiempo, y con la gracia de Dios, se retractará de su apostasía y empezará de verdad a dar frutos apostólicos. ¡Ojalá que sí!

La otra crisis: saber esperar

            En algunos colegios se imparte una educación de la sexualidad centrada en exclusiva en la funcionalidad genital, cómo darse y dar placer, y en el uso de métodos de prevención para evitar, en un futuro más que próximo, las enfermedades venéreas y los embarazos no deseados.

            Entre las palabras claves de estos medios de deformación sexual que se imponen en las escuelas, sin que las familias sean sabedoras ni den su previo consentimiento, jamás aparecen términos como estos: saber esperar, continencia, castidad, pudor, fidelidad o pureza. Por eso se oculta también que las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer tienen como fines inseparables y naturales el enriquecimiento de su unión y la procreación.

            Además, aunque sean fundamentos de derecho natural, el alumnado que no cursa la asignatura de Religión Católica tampoco sabrá que el matrimonio es la unión estable entre un hombre y una mujer, abierta a la vida, y para siempre. Y para que no estén solos en esta ardua y maravillosa aventura, y cuenten con la ayuda inestimable del Espíritu Santo, Dios le imprimió a ese matrimonio natural el carácter sacramental. Y esta capacitación recibida en el colegio les servirá también a estos alumnos para vivir un auténtico noviazgo: un itinerario afectuoso de conocimiento mutuo que se pretende coronar, si se dan las debidas disposiciones y afinidades, con la plena unión en el sacramento del matrimonio.

            Los novios aplicados son conscientes de que esta etapa de su vida no tiene carácter perenne, y que por eso mismo no están en las mejores condiciones de traer hijos al mundo, criarlos y educarlos. Por lo tanto, las relaciones sexuales durante el noviazgo serán ilícitas, pues su unión es imperfecta y los novios no se plantean ejercer la paternidad, y se convertirán en unas relaciones íntimas ineludibles cuando se den ese “sí, quiero” que les convertirá en esposos, en marido y mujer.

La otra crisis: utópicas pretensiones progresistas

            Si a Pedro Sánchez le preguntaran qué fue lo que le movió para dedicar su vida entera a la política y a ofrecerse como candidato a la presidencia del Gobierno de España, contestaría que su primera y casi única motivación fue mejorar esta sociedad y perseguir un supuesto interés general, que no bien común, que ha de ir de la mano de su ideología progresista, feminista e igualitarista, quedando fuera, al otro lado de un muro real, todas aquellas personas e instituciones que piensen de forma diferente.

            Pues resulta que esa intención presidencial de establecer una sociedad perfecta, donde ese muro ideológico desaparezca cuando se consiga imponer el pensamiento único a toda la población, es una quimera irrealizable. Ya lo dijo san Juan Pablo II en un discurso ante el Parlamento Europeo: “después de la venida de Cristo, ya no es posible idolatrar la sociedad como una grandeza colectiva devoradora de la persona humana y de su destino irreductible. La sociedad, el Estado, el poder político, pertenecen al cuadro cambiante y siempre perfeccionable de este mundo”.

            Seguro que el presidente Sánchez no está de acuerdo con esta afirmación del Santo Padre y piensa que su persona, arropado por un buen número de fieles aduladores, es capaz de ofrecer un bienestar paradisiaco a toda la ciudadanía; siempre y cuando sean él y los suyos los únicos que gobiernen indefinidamente, claro está. De ahí que nos convenga leer otra parte de aquel discurso de san Juan Pablo II, donde afirmaba que “los mesianismos políticos desembocan casi siempre en las peores tiranías. Las estructuras que las sociedades se dan a sí mismas nunca sirven de forma definitiva; y no pueden tampoco ofrecer por sí mismas todos los bienes a los que aspira el hombre. En concreto, no pueden sustituir la conciencia humana, ni su búsqueda de la verdad y del Absoluto”.

La otra crisis: bendiciones estériles

            Todo parece indicar que el aumento de la ignorancia religiosa en la población adulta va ligada a la disminución progresiva del número de alumnos matriculados en el área de Religión Católica. Por eso no podemos afirmar que algunas personas han olvidado los Diez Mandamientos de la Ley de Dios y que éstos se fundamentan en la ley natural. No los han podido olvidar porque nunca les hablaron de ellos ni en su familia ni en su colegio.

            ¿Y qué podemos decir del pecado? Según la Real Academia Española es, en su primera acepción, “transgresión consciente de un precepto religioso”. Pero ¿qué pasa si uno ignora, por falta de formación o por ignorancia culpable, cuáles son esos preceptos religiosos?  ¿Ya no cometerá pecado alguno? Vayamos pues a la segunda acepción del diccionario y veamos si resulta que el pecado es un simple prejuicio del pasado: “cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido”. Algunos para justificar su situación se preguntarán, tal y cómo hizo en su día Pilatos, qué es lo recto, qué es lo justo y qué es lo debido. Y cuando alguien se lo explique, volverán a repreguntar sobre alguno de los conceptos que aparezcan en la nueva definición, y así hasta que, por puro agotamiento, se haga el silencio entre los dos interlocutores y cada uno prosiga su camino.

            De todos modos, podemos formular algunas cuestiones que nos sitúen ante escenarios concretos de dudosa moralidad. Por ejemplo, ¿es justo que un hombre abandone a su esposa y a sus hijos para irse con otra mujer, volverse a casar y tener con ella una nueva descendencia? ¿Es recto que un hombre se vaya a vivir con otro hombre, traten de tener hijos y, al no conseguirlo, decidan adoptar uno? ¿Ir en contra de la ley natural, dejando a un esposo sin esposa, a unos hijos sin padres o imponiendo a un niño el tener dos mamás o dos papás es lo debido?

            Otro concepto que también ignoran aquellas personas que jamás han asistido a una clase de Religión cuando eran escolares es el de gracia. Y no me refiero a esa gracia que nos produce una situación cómica, sino a ese don gratuito que Dios nos regala para ser capaces de portarnos según su voluntad y alcanzar la felicidad aquí en la tierra y después en el cielo. Una gracia de Dios que se pierde cuando cometemos un pecado mortal, que es aquél que tiene como objeto una materia grave, el Decálogo o los Mandamientos de la Iglesia, por ejemplo, y se realiza con plena advertencia y pleno consentimiento.

            Cuando cometemos un pecado grave nos “desconectamos” de ese fluir de gracia que Dios nos manda a través de los sacramentos, de la oración y de los sacramentales. Cuando no vivimos en gracia de Dios nuestras buenas obras son estériles, pues no reciben la recompensa debida por culpa de esa “desconexión”. ¿Y qué podemos hacer para restablecer nuestra relación con Dios y recibir así la gracia merecida por nuestras buenas obras, nuestra vida de fe y de piedad y la recepción de los sacramentos? Pues pedir perdón a Dios a través del sacramento de la Penitencia. Un perdón que Dios nos concede si, entre otras cosas, nos duelen de todo corazón nuestras faltas y tenemos el propósito firme de no volver a pecar. Tras la confesión sacramental se nos perdonan los pecados mortales y recuperamos la gracia perdida. Todas esas buenas obras que realizamos estando en pecado mortal vuelven a estar operativas tras una buena confesión.

            El problema radica cuando un creyente piensa que el pecado no existe o que no peca en absoluto cuando vive con otra persona, sin importar de qué sexo sea, sin estar casado por la Iglesia. Porque en un noviazgo como Dios manda, los novios se guardan hasta que pronuncien ese “sí, quiero” que les compromete de por vida ante Dios y su Iglesia. Y mientras no se dé ese consentimiento consagrado por el sacramento del matrimonio, una pareja que desea agradar a Dios, vivir en gracia, se guardará de hacer uso del matrimonio hasta que no pase por la vicaría. Y si, dadas las circunstancias desordenadas, no está en condiciones de hacerlo jamás, a esa pareja de creyentes no le quedaría otra que vivir como si fuesen hermanos. Y la verdad es que tener hermanos es una auténtica bendición.

La otra crisis: la risa de PISA

            Han saltado todas las alarmas y nuestro sistema educativo está otra vez en entredicho, pues se han publicado los resultados del Informe Pisa 2022 y éste confirma que los estudiantes españoles hemos empeorado de forma significativa en matemáticas. ¡Oh, qué horror! ¡A nuestros niños ya no les salen las cuentas!

            Pues que no cunda el pánico, porque, como afirma el psicólogo Francisco Villar en su libro Morir antes del suicidio (2022, 218), “la escuela no ofrece únicamente conocimientos, ni solo contenidos curriculares. En ella también existe la vocación de formar personas en muchos otros aspectos (…) La escuela garantiza un escenario de práctica de relación con iguales, de colaboración y de trabajo en equipo (…) el rendimiento académico, hoy en día, es casi secundario”.

            Y es que la dimensión cognitiva de la persona, en la que se centra sobretodo el informe PISA, está al mismo nivel que las otras dimensiones personales de nuestros alumnos: volitiva, corporal, afectiva y espiritual. Por eso este informe, al que tanta importancia se le da, es incompleto y, por lo tanto, no puede reflejar el verdadero estado de la educación ni el nivel formativo de los educandos.

            Así que menos rasgarse las vestiduras y utilizar los resultados de este informe para sacar rédito político o una simple justificación de la labor sindical, y más centrarse en lo importante: tratar a cada alumno de forma única, singular, y educarle de forma integral, teniendo en cuenta todas las dimensiones de la persona, no sólo la intelectiva, para que sea capaz de sacar adelante su propio proyecto personal de vida.

La otra crisis: ¿el aprobado justifica los medios?

            Los niños, sobretodo cuando son pequeños, aprenden por la imitación y la repetición de lo que ven hacer y decir a sus padres, a los familiares más cercanos y a sus maestros. De ahí la gran responsabilidad que estas personas tienen de ofrecerles un modelo válido, fundamentado en la verdad, en la realidad de las cosas, para que los niños crezcan en libertad por el camino que lleva al bien, a la felicidad.

            Por eso la televisión, también la prensa y la radio, ha de permanecer apagada durante estos días en que se celebra el debate de la investidura del candidato a la presidencia del Gobierno de España. Y todo porque hay que proteger a los niños de una falacia: el fin justifica los medios. Un fin que en el caso de los políticos se identifica con una buena nómina, un gran pedazo de pan que alegrará a los suyos, y un trato distintivo, casi exclusivo, que les mantendrá dentro de una élite privilegiada.

            Visto lo visto, ser testigos de la votación a favor de la investidura del candidato Sánchez llevaría a los niños a pensar que se puede justificar cualquier fraude, si el fin que se persigue le beneficia a uno o a los suyos. Si la mayoría de nuestros dirigentes políticos son capaces de dejar a un lado el sentido común, y hasta la voz de su conciencia, por un plato de lentejas, nuestros discentes pensarán que tienen luz verde para copiar en un examen y hasta se atreverán a exigir pasar de curso con todas las asignaturas suspendidas.