La otra crisis: Pánico jubilar

            Aún recuerdo a aquel maestro de Música, ya en condiciones de jubilarse de forma voluntaria al ser funcionario, que afirmaba que seguiría en activo mientras cada mañana se levantara con ganas e ilusión por ir al colegio a dar sus clases. Y lo recuerdo con admiración porque su caso es excepcional del todo.

            Los docentes funcionarios con más de treinta años de servicio pueden jubilarse de forma voluntaria al cumplir los sesenta años. Pero resulta que hoy en día una persona de esta edad, si no hay por medio alguna enfermedad, se encuentra en uno de los mejores momentos de su vida profesional. Cuenta con una extensa experiencia, una sabiduría que no está descrita en los libros y una serena madurez que resulta imprescindible para poder educar a las nuevas generaciones de alumnos y de familias. Y lo más curioso del asunto es que ellos, los docentes que deciden acogerse a esa jubilación voluntaria, son sabedores de esta realidad. Por eso no se quedan tranquilos con la razón que suelen dar para tomar esta decisión: hay que dejar paso a la gente joven. Y todo porque los docentes noveles necesitan a su lado a maestros veteranos que les orienten y les sirvan de ejemplo a seguir.

            Y ahí entra la segunda razón que se da para justificar el adelantar la jubilación, quizá la más cierta, y es que pocos quieren correr el riesgo de continuar algún año más como docentes por si, visto cómo está el fondo de pensiones, la Administración decide retirar esa medida de un día para otro. Entonces ya no les quedaría otro remedio que seguir en activo hasta que les llegara la edad de jubilación forzosa.

            Es cuestión de tiempo que la edad de jubilación se acerque para todos los trabajadores a la franja de los setenta años. La esperanza de vida sigue aumentando, la natalidad sigue disminuyendo y también tenemos a una multitud de personas que acceden de forma tardía al mundo laboral y repletos de ilusión por hacer rendir sus talentos durante el mayor tiempo posible.

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