La otra crisis: Ciego orgullo

            Algunas personas afirman ufanas que no se arrepienten de nada de lo realizado en el pasado y esta postura contrasta con la de otras que, aún con el perdón de la absolución sacramental, no encuentran consuelo por culpa de sus faltas pretéritas. Este era el caso del tío Luis, que permaneció como músico activo hasta casi los noventa años, y que una noche, de vuelta a casa con un par de amigos tras un ensayo de la banda, confesó a lágrima viva el pesar que tenía en su corazón. Resulta que cuando era joven, hacía más de sesenta años, agredió a uno de sus hermanos ahora ya difunto. Ese dolor, esa pena por usar la violencia contra uno de su misma sangre, le quitaba aún hoy la paz interior. Y eso que su hermano ya le había perdonado y que también, como persona creyente que era, había confesado ese pecado en el sacramento de la penitencia.

            Las personas que no se arrepienten de nada son merecedoras de la más solidaria compasión, pues permanecen ciegas por una falta de empatía que les impide ser felices y hacer felices a los demás. Y es que ya lo decía la cantante Laura Pausini hace años: “no somos ángeles, no nos caímos del cielo…”. Pues parece ser que algunos no se han enterado todavía y por eso, como creen que ya han alcanzado la perfección, no necesitan hacer examen de conciencia ni están dispuestos a aceptar la más mínima crítica.

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