La otra crisis: La escuela del desconcierto

            Afirma la ministra de Educación, la señora Celaá, que no hace falta memorizar la tabla periódica, sino que lo importante es saber, por ejemplo, qué se puede hacer con el hidrógeno y de qué forma se puede combinar con otros elementos. Y uno se pregunta cómo voy a saber en qué consiste el hidrógeno y sus características si no tengo conocimiento de su existencia. ¿Es posible realizar una práctica de laboratorio sin disponer de conocimientos previos? ¿Acaso cree la ministra que los alumnos españoles, gracias a la LOMLOE, van a disfrutar de ciencia infusa?

            De todos modos, en la escuela española del siglo XXI poco importa ya la tabla periódica o las reglas gramaticales. Y si no que se lo digan a otra de las ministras del Gobierno, a la señora Irene Montero, que se inventa las palabras a su antojo y arremete contra los académicos que osan contradecir alguna de sus penosas ocurrencias. Y si no que se lo digan a ese profesor que se atrevió a decir una gran verdad, que el sexo está determinado por un par de cromosomas sexuales, el denominado XY para los hombres y el XX para las mujeres, y que ha sido vilipendiado injustamente por la dictadura sectaria de la ignorancia.

            Los progresistas de nuevo cuño defienden que la verdad objetiva no existe y que cada uno tiene su verdad, siempre respetable si sigue los parámetros de lo políticamente correcto, que va pareja a sus apetencias y deseos afectivos. Entonces, si la verdad no existe, si cada uno tiene su verdad, si la opinión de un alumno vale igual o más que la de un catedrático de universidad, ¿se puede saber qué es lo que se está enseñando en nuestras escuelas? ¿Verdades que se contradicen o una única verdad totalitaria que nada tiene que ver con la realidad y sí con las ocurrencias sentimentales de algunos? Porque si la verdad objetiva no existe, los centros educativos no tienen ninguna razón de ser. Porque si en un instituto o en una universidad no se pueden discutir en libertad las opiniones que no tienen base científica y defender las que sí la tienen, más nos valdría quedarnos todos en casa a aprender de lo lindo viendo esas tertulias televisivas repletas de sentimentalismo barato.

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