La otra crisis: Un temor a la verdad vírico

            El mundo entero espera con un anhelo estresante la llegada de la vacuna que nos libre del contagio del terrible virus Covid-19. En España lamentamos la muerte de decenas de miles de personas, de seres queridos que han fallecido antes de hora y, en muchos casos, sin contar con la compañía de sus familiares y de sus amigos.

            Se cuentan por cientos de miles las personas contagiadas y aún nos sorprende averiguar cómo este virus afecta de forma tan diferente a unas y a otras. Están las asintomáticas, las que han sufrido dolores de cabeza y algunas otras dolencias leves, y también las que han permanecido hospitalizadas durante meses y a las que ahora les espera una larga rehabilitación.

            Pero ahí no acaban los efectos nocivos de este maldito virus, pues también afecta a la moral de las personas que no han sido contagiadas. Tanto es así que, por no perder su puesto de trabajo, no complicarse la vida o no tener que cerrar durante unos días su negocio, algunas están dispuestas a ocultar la verdad y faltar a la lealtad que le deben a sus compañeros de trabajo. Porque, por ejemplo, no es de recibo que un maestro se entere del positivo de un colega por la llamada telefónica de la madre de un alumno o porque ha sido indiscreto durante la conversación privada de otros dos compañeros. Está mucho en juego y todos debemos actuar con rectitud de intención y con la verdad por delante. Y no pasa nada si se confina una clase o si medio claustro se ha de quedar unos cuantos días en su casa a la espera de los resultados de las pruebas pertinentes. Si todos los miembros de la comunidad educativa son sabedores de la realidad escolar respecto a la incidencia de este virus, podrán obrar con mayor libertad y se esmerarán aún más en cumplir las medidas de prudencia ante sus seres queridos más vulnerables. Por favor, seamos responsables y actuemos con lealtad.

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