La otra crisis: Asalto a la escuela pública

            A nuestro Gobierno le pierde su impaciencia progresista y trata de aprovechar este nuevo estado de alarma, no para poner freno al número creciente de víctimas y personas contagiadas, sino para aprobar unas leyes ideológicas que le permitan perpetuarse en el poder.

            Ahí está el nuevo proyecto de Ley de Educación, la Lomloe, que ya fue aprobado por el Consejo de Ministros y que ahora acaba de ser ratificado por el Parlamento. Pasará ahora al Senado y, tras el visto bueno en esta cámara, regresará al Parlamento para su definitiva aprobación, publicación en el BOE y su posterior aplicación.

            Esta Ley prevé vaciar de alumnado a los centros concertados, por un transvase obligatorio a las aulas vacías de los colegios públicos. ¿Y qué pasará con todos esos maestros de la concertada que se van a quedar sin trabajo? Pues no les va a quedar otra que preparar oposiciones para convertirse en funcionarios e impartir clase a los que fueron sus alumnos en la privada y que ahora lo serían en la escuela pública.

            No podemos olvidar que el ideario de un centro educativo lo marca su equipo directivo, el claustro de profesores, la Asociación de padres y el Consejo escolar. Por eso no hay que perder la esperanza, pues gracias a esta Ley se pueden multiplicar el número de centros educativos públicos donde las familias encuentren una educación de calidad, una atención personalizada y la defensa del ideario que antaño se transmitía en los colegios concertados. Eso sí, a sus maestros no les quedará otra que ponerse a estudiar y las familias deberán exigir con valentía, también en la escuela pública, su derecho primigenio en la educación de sus hijos.

            Está claro que esta nueva Ley de Educación, la llamada Ley Celaá, pisotea derechos fundamentales como la libertad de educación, pero también nos ofrece la oportunidad de reconquistar un espacio público que la izquierda ha copado con una supuesta legitimidad que es del todo injusta. Y es que las personas que van con la verdad por delante son las que están “condenadas a triunfar”. Eso sí, y no hay otra, con mucho trabajo y con el descaro que la razón y el sentido común otorgan.

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