La otra crisis: Discriminación en el deporte femenino

          Los deseos son una cosa y la realidad es otra cosa bien distinta. Uno puede sentir un dolor agudo en la espalda y pretender que un comité médico le conceda cierto grado de discapacidad. Pero ese deseo, por muy interiorizado que uno lo tenga, no se hará realidad si el médico descubre que la causa de ese dolor es una distensión muscular que tiene fácil remedio.

            El problema surge si el sujeto en cuestión recibe el apoyo de algún grupo influyente con poder para presionar a los políticos de turno y consigue que legislen para que la distensión muscular de espalda sea considerada como una enfermedad incapacitante.

            El problema se agranda porque los sentimientos son imprevisibles y de éstos fluirán nuevos deseos que, por obra de esos mismos grupos de presión, también tendrán que convertirse en derechos ratificados por las leyes. Y por eso, esa misma persona que ha obtenido de forma legal, pero inmoral, su certificado de discapacidad, podrá exigir que se le incluya en la lista de seleccionados para participar en los próximos Juegos Paralímpicos de Tokio 2021. Pero claro, su elección supondrá que otra persona con diversidad funcional certificada y real quede fuera de la convocatoria. También, durante la competición, quedará en evidencia su superioridad sobre el resto de los competidores si, el día de antes, le ha dado por ir al fisioterapeuta o por tomarse un paracetamol.

            Los sentimientos están siempre a flor de piel, los deseos van y vienen, pero la realidad nos pone a cada uno en su lugar. Por eso cada vez son más las deportistas que se niegan a competir contra hombres que se sienten féminas, por mucho que la ley se lo permita, pues éstos mantienen una fortaleza física inalcanzable para sus rivales. Da igual que los transexuales tomen hormonas femeninas, pues gracias a su estructura ósea y muscular, cuando entrenan en igualdad de condiciones que las mujeres, su rendimiento siempre es superior. Esto es tan evidente en las competiciones femeninas como lo es en las masculinas, pues son más bien pocas las mujeres que, tras decidir cambiar de sexo y hormonarse, puedan competir en igualdad de condiciones contra los demás deportistas. Y es que, como muy bien dice el refranero popular, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

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