La otra crisis: Las tardías caceroladas conservadoras

            Nuestro Gobierno progresista se ha acomodado muy pronto en la poltrona del poder y, pese a su irregular gestión de la pandemia, hasta las encuestas de intención de voto le son favorables. Y es que, antes de tomar una decisión intrascendente desde el punto de vista ideológico, trata de ver qué rédito político le va a proporcionar marcar un camino u otro y qué pretextos ha de esgrimir para justificarse si yerra. En cambio, cuando se trata de imponer su ideología de izquierda mediante normas y leyes, no se para a pensar nada, sino que trata de acelerar el proceso para que esté vigente cuanto antes y con la única justificación del “ordeno y mando porque sí”.

            El regodeo mandatario de este Gobierno le ha hecho olvidar el pasado reciente de sus dirigentes. Ya no se acuerdan de los asedios a las sedes del Partido Popular, de sus asentamientos en pleno centro de Madrid, de sus proclamas exaltadas contra las supuestas mentiras de los gobernantes conservadores o su moción de censura a Rajoy tras hacerse pública una sentencia por un caso de corrupción.

Por eso ahora, cuando ya han transcurrido más de dos meses desde que Sánchez decretara el estado de alarma sanitaria, les ha pillado por sorpresa esas concentraciones ciudadanas que protestan contra su gestión de esta terrible crisis. Pensaban que sólo ellos podían tomar las calles y que nadie más lo haría mientras ostentaran el poder los únicos defensores posibles del pueblo llano.

La paciencia de muchos españoles se ha agotado tras más de sesenta días contemplando con impotencia las idas y venidas del Gobierno, sus decisiones arbitrarias y ajustadas a lo políticamente correcto, justificando una cosa y la contraria en cuestión de horas sin importarle quedar mal ante la opinión pública. Y ahí está la gran cacerolada que, cada vez en más ciudades, exige a Sánchez su dimisión y la convocatoria de elecciones. Una petición de dimisión que se basa sobretodo en la incompetencia e incapacidad de este Gobierno y menos en una mala fe que no se ha de presuponer por simple sentido común.

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